Vivimos en una época donde, con la mejor intención, podemos caer en una trampa: hacerles el camino demasiado fácil. Resolverles rápido, evitarles el malestar, allanarles la frustración… y sin darnos cuenta, debilitar el músculo más importante para la vida: la resiliencia.
Porque la resiliencia no es “aguantar” ni “ser fuerte”. Es algo mucho más humano y profundo: la capacidad de adaptarse, aprender, pedir ayuda, reorganizarse y seguir cuando algo no sale como esperábamos.
Y lo más importante: no es un rasgo de personalidad fijo.
La resiliencia no es “un tipo de niño”
Un estudio teórico publicado en Frontiers in Psychology (marzo de 2025) explica cómo el concepto de resiliencia ha evolucionado: de entenderse como “algo que uno tiene” a comprenderse como un proceso dinámico donde influyen recursos internos, emociones, contexto y experiencias.
Dicho de otro modo: no existe un perfil de personalidad resiliente. Se construye.
El cerebro aprende haciendo
Hoy sabemos (y esto se ve cada día en el aula y en casa) que las manos y la experiencia son el puente hacia el aprendizaje.
El ser humano necesita hacer, probar, equivocarse, repetir. Así las redes neuronales se conectan y, con el tiempo, lo que era un senderito se convierte en autopista.
Por eso, cuando acompañamos a un niño a resolver por sí mismo, no solo le ayudamos a “hacer algo”: le estamos ayudando a construir dentro de sí el mensaje más poderoso del mundo:
“YO PUEDO.”
La “parcela de poder” aparece… y es normal
Aproximadamente a partir de los 2 años, los niños descubren que tienen una parcela de poder: una parte de su vida sobre la que pueden decidir.
De ahí tantas negativas, conflictos con los adultos y ese “yo solo” que a veces nos descoloca (y sí… también nos pone a prueba ????).
Pero esa etapa es oro, porque si el adulto la acompaña bien, se convierte en el primer gran entrenamiento de resiliencia.
Elegir les da capacidad
Dejar hacer y permitir que decidan entre opciones posibles les da poder de elección y les coloca en una posición interna de capacidad:
“Yo decido… y aprendo a sostener lo que pasa después.”
Ese es el primer paso hacia esa resiliencia y conciencia de YO PUEDO.
Y cuando no sea posible esa elección porque en ese momento no se pueda satisfacer su necesidad, ahí aparece una habilidad adulta esencial:
validar/nombrar lo que siente y decirle cuándo sí se podrá satisfacer… o, si no es posible, comunicarlo con claridad y respeto.
La frustración es un músculo
La frustración no es el enemigo. Es una maestra.
No todo es posible.
No todo es ya.
Y eso, sostenido con presencia y amor, fortalece su mundo interno.
La clave está en que el niño viva la frustración sin vergüenza, sin culpa y sin sentirse solo.
Un ambiente donde el error no se penalice
El adulto ha de propiciar un ambiente donde NO se penalice el error, sino que se vea como una oportunidad de:
-
aprendizaje
-
búsqueda de soluciones
-
crecimiento interior
Un ambiente libre de vergüenza, culpa o dolor.
Porque un niño que teme equivocarse, se bloquea.
Y un niño que puede equivocarse con seguridad, se atreve.
Límites pocos, claros y con sentido
También necesitamos un entorno con estructura previsible, donde los límites se establezcan con sentido para ellos (que interioricen por qué es beneficioso) y donde existan pautas de convivencia.
Pocos límites que sienten bien, centrados en lo esencial:
-
su seguridad
-
la seguridad de los demás
-
el cuidado del entorno
Acompañar su capacitación paso a paso
El niño necesita fortalecer su necesidad de capacitación y para ello el adulto ha de acompañar ese aprendizaje:
-
dividir procesos difíciles en pequeños pasos
-
alentar el progreso
-
sostener la paciencia
-
reconocer el esfuerzo
Aquí lo importante no es tanto el resultado como el camino: la frustración que ha podido sostener, la paciencia que ha desarrollado, la valentía de intentarlo una vez más…
Según la psicóloga Mariló Pérez…
Para la psicóloga infantil Mariló Pérez, la disposición y el carácter del niño cuentan, y rasgos como la autonomía, el optimismo, la curiosidad, la resolución de problemas, la sociabilidad o la perseverancia ayudan mucho.
Y especialmente, destaca una idea clave: cuando un niño siente que puede actuar por sí mismo y tener cierto control, se ve más capaz de afrontar situaciones complicadas; además, si percibe que el desafío puede tener un buen desenlace, no se bloquea.
Y tú, ¿Estás dispuest@ a dejarle decidir, actuar…?
Somos su modelo. Somos su inspiración.
Aquí hay una verdad incómoda y preciosa a la vez:
Somos su modelo, su inspiración.
Somos co-reguladores de su cerebro inmaduro.
No le rescates, ni minimices consecuencias, ni sobreprotejas…
Acompáñale a atravesar.
Ayúdale a tomar conciencia
Una de las herramientas más potentes que podemos darles no es “resolver”, sino hacerles conscientes:
-
¿Qué estoy pensando?
-
¿Qué estoy sintiendo?
-
¿Qué estoy decidiendo?
-
¿Qué puedo intentar ahora?
-
¿Qué necesito pedir?
Eso es educación emocional aplicada a la vida real.
Y… empodera, alienta.
No podemos protegerles de la vida
Como recordaba Rudolf Dreikurs, no podemos proteger a nuestros hijos de la vida; lo esencial es prepararlos para ella.





