El otro día descubrí por casualidad una cuenta con miles de seguidores en el ámbito de la Educación Infantil.
He de reconocer que, en un primer momento, su contenido me incomodó. La forma tan «burda» con la que defiende su punto de vista —desde el desconocimiento y con alusiones irónicas e incluso despectivas hacia las familias de su centro, la filosofía Montessori…—
Sin embargo, pronto entendí que es precisamente esa postura tan disruptiva lo que atrae y genera conexión. Hasta ahí, bien. Yo también defiendo la necesidad de movilizarnos, de alzar la voz por un sector tan poco valorado como el nuestro. Coincido en que la etapa de 0 a 3 años está siendo ignorada e incluso maltratada por las instituciones públicas, que lejos de promover una educación de calidad, abocan a los equipos a situaciones casi denunciables: falta de recursos, agendas desbordadas, carencia de atención real…
Lo que no comparto es la forma.
Aludir a situaciones cotidianas de las familias desde la crítica, sin el más mínimo gesto de empatía, no es la solución. Poner límites, claro que sí. Es fundamental para proteger el bienestar infantil. Pero saber trasladarlos desde el respeto también lo es.
Porque, seamos honestos: ¿qué familia no quiere lo mejor para su hij@? (salvo excepciones dolorosas, claro).
Conocemos de sobra la realidad que viven muchas familias. Y justo por eso, más que nunca, escuela y familia debemos formar un equipo con un objetivo común. Necesitamos colaboración, apoyo mutuo, comprensión. Nadie sobra en este proceso.
Nuestro sector agoniza. Vivimos condiciones difíciles, a menudo invisibles, que también nos desbordan.
Pero si respondemos a la crispación con más crispación, solo alimentamos el conflicto.
Nuestros peques no necesitan adultos enfrentados. Nos necesitan en calma. Nos necesitan disponibles. Necesitan entornos amables, llenos de respeto y coherencia. Necesitan que pensemos en el futuro que queremos para ellos… y actuemos en consecuencia.





